jueves, 11 de diciembre de 2014

El regreso de Fátima




Por Adriana Zamora

Jorge Perugorría ha hecho un filme interesante a partir de un cuento de Miguel Barnet lleno de estereotipos.

Hace algunos años, cuando leí el cuento "Fátima o el Parque de la Fraternidad", de Miguel Barnet, no me entusiasmó demasiado. Consistía en un monólogo demasiado largo de una prostituta travesti en La Habana, estereotipada a más no poder, reiterativa y hasta afectada en ocasiones. Aunque no se puede acusar a Barnet de escribir mal, al cuento le sobraban páginas y a Fátima, la protagonista, le sobraba histeria.

Al ver en la cartelera del 36 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano que Jorge Perugorría presentaba una película basada en el cuento, me pregunté: "¿Qué habrá hecho Pichi con el texto? ¿Será su Fátima como la de Barnet o logrará sacarla del estereotipo?".

La proyección en el cine Chaplin estuvo precedida por unas palabras del director de la película, quien agradeció al ICAIC, al Festival y a todo el equipo de realización. Luego, Carlos Enrique Almirante, el protagonista, dedicó su actuación a su padre, el actor Enrique Almirante. Estas palabras conmovieron a un auditorio de colegas, pues fue escaso el público no acreditado que alcanzó a entrar en la sala.

Ver la película despejó mis dudas. El guión de Fidel Antonio Orta, la dirección de Perugorría y, sobre todo, la actuación de Carlos Enrique Almirante, entregaron al público cubano una Fátima más humana, cercana y hasta entrañable.

El texto de Fidel Antonio Orta no pudo prescindir de la narración en off de Fátima, ni de los soliloquios de esta frente a la foto del amante ausente. Era de esperar, dado que el cuento de Barnet tiene demasiadas divagaciones y convertirlas en acción dramática era una tarea titánica de la que Orta salió bastante bien parado, pese a todo.

La dirección de Perugorría apostó por la naturalidad y por la importancia de algunos detalles que dieron vida y veracidad a la obra. Detalles de caracterización, como el póster de Rosita Fornés en la pared de Fátima o las chancletas rojas con floripondio que usa para irse a bañar al aseo comunitario. Detalles de ambiente como el telón de fondo del bar de travestis La Potajera de Bejucal, hecho con pomos plásticos de litro y medio. Detalles que dicen más que los parlamentos, como cuando Manolito (Fátima) le anuncia a su amiga La Gorda que decidió dedicarse a la prostitución y mientras lo dice, tras el buró donde ella trabaja se lee un cartel de esos tan comunes en la propaganda revolucionaria: "Creemos en el futuro".

Las escenas de sexo son otro punto que llama la atención en el guión y la dirección de la película. Pudiera parecer que no las hay, pero sí. Lo que ocurre es que, besos apasionados aparte, las imágenes de sexo son sustituidas por escenas con gran carga de erotismo. ¿Qué podría ser más sexual que dos jóvenes semidesnudos cabalgando sobre el lomo de un mismo caballo? ¿O que dos hombres bailando a solas una rumba donde uno vacuna al otro?

Carlos Enrique Almirante en su caracterización de Fátima, siguió la misma línea de naturalidad planteada por el director. Es muy común en Cuba escuchar a la gente decir, refiriéndose a un travesti: "Quiere ser tan femenino que es más mujer que las mujeres". La Fátima de Almirante está alejada de esa línea que se asocia con el estereotipo del travesti, exagerado y hasta grotesco. Fátima no es un hombre imitando a una mujer, es una mujer que nació por error dentro del cuerpo de un hombre. Cuando habla por teléfono, cuando conversa con su amiga en el balcón, cuando se pone crema en la cara, la Fátima de Almirante es femenina, sin necesidad de estridencias. Sigue siendo devota, obsesionada con las monjas y los ángeles, admiradora de Lady Di, enamorada hasta la muerte de un hombre que la prostituye en su beneficio y aún fuera del país sigue explotándola. Sin embargo, la Fátima de Almirante y Perugorría es sensible donde la de Barnet podría ser sensiblera.

La película cuenta con otras interpretaciones de lujo: Broselianda Hernández es la madre de Manolito­-Fátima, una mujer amorosa y sencilla, abusada por su marido y defensora de su hijo. Es tan simple que, teniendo dinero para comer, solo sueña con carne de puerco y congrí. "¡Aceitunas!", dice extrañada. "Mousse de chocolate... ¿qué es eso?"

Néstor Jiménez, también está brillante en su papel del padre alcohólico, homofóbico y violento.

Tomás Cao interpreta a Vaselina, el amante y chulo que usa a Fátima y mantienen una relación apasionada y contradictoria.

Mirtha Ibarra es La Gorda, amiga de Fátima, que representa el mejunje que es la espiritualidad criolla. "Si nos vamos a quedar en este país hay que meterle a todo", declara.

Bien las amigas travestis de Fátima, interpretadas por Cucú Diamantes y Jazz Vila, personajes llenos de simpatía.

Pequeño, pero contundente, el personaje del camionero de Patricio Wood, una representación del prejuicioso hombre cubano que disfruta el cuerpo de Fátima, pero le aterra que alguien se pueda enterar de su "desliz". Un hombre que pasa de la frase "No hay miedo" a "Yo nunca había hecho esto" con una naturalidad que espanta.

En el caso del piloto interpretado por René de la Cruz Jr., nos enteramos de que es valenciano porque lo dice la voz en off, pues las "zetas" que le parecen tan simpáticas a Fátima el actor nunca las pronuncia.

No se pueden pasar por alto las situaciones que son, en esta película, una crítica implícita a la sociedad homofóbica que vivimos. Que un jefe tenga que "convencer" a sus empleados de que un profesional perfectamente calificado y homosexual tiene derecho a trabajar en una empresa, habla de la discriminación social. También está el padre, que pega a su hijo y le exige: "Baja la manito y coge la cuchara como un hombre". La frecuencia con que los travestis tienen que prostituirse para sobrevivir o mejorar su situación económica queda clara en la frase de Fátima: "Homosexual, travesti y jinetera... La Santísima Trinidad". Se deja ver también la impunidad de la policía para "cargar" a estas prostitutas para la estación, en una nombrada Operación Pluma.

Una crítica fuerte y dolorosa por su recurrencia en nuestra sociedad es la que atañe a la doble moral, representada por el personaje del camionero: Esos hombres que se presentan a sí mismos como "machos heterosexuales" y, al tener sexo con un homosexual, comienzan por justificarse diciendo que fue su primera vez, para terminar con amenazas tan fuertes como: "Cuidadito con conocerme por ahí si no quieres conocer el peso de mi camión".

Fátima o el Parque de la Fraternidad resulta una película interesante, que logra sacar partido favorable de un texto literario, de magníficos actores, de una banda sonora producida por Ernán López Nussa y de una visualidad presidida por una Habana en ruinas que sigue siendo hermosa a pesar de todo. Esta versión cinematográfica desempolvó un personaje y una historia que podía haberse quedado en aquel cuento demasiado largo, pero no fue así. De manera que puede decirse sin problemas: Bienvenida de regreso, Fátima.

Perogurría reconoce último filme de Fernando Pérez como uno de los grandes retos de su carrera

Su protagónico en La pared de las palabras, inspirada en un personaje real que sufre distonía y retraso mental, le planteó uno de los retos más grandes de su carrera desde Fresa y Chocolate, afirmó el relevante actor cubano

El relevante actor cubano Jorge Perugorría aseguró este jueves que su protagónico en La pared de las palabras, del director Fernando Pérez, le planteó uno de los retos más grandes de su carrera desde Fresa y Chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea, refiere Prensa Latina.

La película está inspirada en un personaje real que sufre distonía y retraso mental y para acercarse al padecimiento debió acudir a instituciones donde atienden a pacientes de ese tipo, según reveló a propósito del reciente estreno del filme en el XXXVI Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Yo tomé de cada caso con este trastorno los detalles que me interesaban y además vi mucho material fílmico, porque las distonías se operan en Cuba y se filman los pacientes antes y después de las intervenciones, relató en entrevista exclusiva con Prensa Latina.

Según Perugorría, estos materiales le ayudaron a encontrar la composición de su personaje, para el cual debió bajar varios kilos de peso.

Con todo y eso era como caminar por el filo de la navaja, pero yo tenía tanta confianza en Pérez que me entregué por completo a su dirección, sabía con certeza absoluta que estaba bien dirigido y, por eso, me atreví a romper los límites prácticamente, confesó.

A criterio del actor y realizador, Pérez logró una película especial, muy sensible, que puede tocar lugares exclusivos en el corazón y la cabeza de los espectadores porque demuestra cuán fundamental es para el ser humano la necesidad de expresarse.

El filme es un canto a eso, a esa necesidad, a esa libertad natural que precisamos para poder realizarnos por medio de la expresión, aseveró.

Perugorría cree que Pérez tiene una sensibilidad ideal para entender los problemas de esos personajes, sobre todo el de la madre interpretada por Isabel Santos, pues tiene puntos de contacto con sus propias vivencias familiares.

Para él trabajar con Pérez era un sueño pendiente desde hace años y por esa ilusión empezó a armar el proyecto junto al director, Premio Nacional de Cine 2007.

Yo fui parte de la construcción por el deseo que tenía de trabajar con él, porque ahora mismo es el cineasta más importante de Cuba y no había tenido esa oportunidad, afirmó el actor que también participa en Vestido de novia, ópera prima de Marilyn Solaya, y dirigió Fátima, dos trabajos en concurso.

Por su parte, el director de Clandestinos, Hello Hemingway, Madagascar, La vida es silbar, Suite Habana y El ojo del canario, ha logrado piezas conmovedoras sin caer en los clichés comunes en géneros como el histórico y el drama contemporáneo.

La pared de las palabras volverá a proyectarse esta noche en el cine Chaplin de La Habana, tras un estreno en una sala tan pequeña que hasta el propio director decidió ceder su asiento a algún espectador.

Fuente: www.juventudrebelde.cu

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La pared de las palabras

La nueva propuesta de Fernando Pérez contiene conflictos, subrayados simbólicos y peripecias en un guion que se encarga de aligerar su fuer­te carga dramática con pespuntes de ocurrencias h­u­morísticas

No hay que asombrarse porque Fernando Pé­rez haga un filme sobre la incomunicación humana a partir de su personaje central en La pared de las palabras.

El tema ha tentado a brillantes directores dispuestos a correr el riesgo de filmar “sobre la incomunicación”, cuando precisamente el cine sería to­­do lo contrario: comunicar —por cualquier vía artística— para seducir.

El maestro Antonioni, afanado en desentrañar el alma de las mujeres, pasó a la historia del cine con su llamada trilogía de la incomunicación (La no­che, La aventura, El eclipse), y Bergman no se can­só de representar la invalidez de la pareja para en­tenderse y expresar la necesidad de recibir, o sentir amor.

Babel, de González Iñárritu, es un filme sobre la in­comunicación personal y cultural; Michael Ha­neke, uno de los mejores directores contemporá­neos, gusta tratar el tema, y Milos Forman, a quien el fil­me de Fernando parece hacerle un guiño en la escena de los enfermos mentales saliendo de ex­cur­sión, se atrevió en Atrapado sin salida (1975) a tratar el asunto desde el entorno de un hospital psiquiátrico.

Pero la senda de La pared de las palabras tiene que ver poco con todos ellos, por cuanto el eje del conflicto se adentra en el enclaustro indescifrable de un cerebro enfermo que, sin embargo, ¿piensa y construye un mundo muy particular que quisiera hacer sentir a los demás?

El filme transita por una exposición lineal en la que puede verse a una angustiada madre (Isabel San­tos) desvelada por atender a su hijo (Jorge Pe­­­ru­go­rría), ingresado en una clínica de enfermos mentales, hombre y mujeres que a ratos parecen en­tenderse y, en otros, se pierden en un sin senti­­do total.

Sufre ella y al mismo tiempo hace enojarse a su otro hijo (Carlos Enrique Almirante), y a su pro­pia madre (Verónica Lynn), que llega de visita desde el extranjero. Ambos le comprenden la en­trega sin lí­mites, que conspira incluso contra su trabajo como profesional, pero le reprochan marchar hacia la autodestrucción en el empeño de salvar a un ser condenado por la ciencia a terminar sus días ve­ge­tando.

Se sabe de historias parecidas: la resolución de una madre, o de un padre, de renunciar a la vida con tal de fundirse en cuerpo y alma al hijo enfermo y convertirse en su apoyo hasta el final de la travesía.

De ese material doloroso, que bien conoce, se vale el director para construir un filme acerca de la entrega y el dolor, pero también de una familia en su afán de integración y de un entorno social y hu­mano recreado, en buena medida, desde las relaciones de los enfermos mentales en el hos­pital.

Conflictos, subrayados simbólicos y peripecias en un guion que se encarga de aligerar su fuer­te carga dramática con pespuntes de ocurrencias h­u­morísticas y que, junto a sus situaciones concretas, le abre paso al mundo intimista, lírico, que el director recrea con una visualidad que lo convirtió en un realizador diferente en la cinematografía cubana desde los tiempos de Ma­da­gascar.

Creador por excelencia de atmósferas dramáticas, habría que convenir que los silencios del filme y las contemplaciones de los personajes in­sertados en el entorno; mar, soledad, paseos so­li­ta­rios, re­sultan un aporte de magnitud en un guion que, no obstante algún que otro giro predecible, madura una carga de impacto emocional de las que pocos espectadores escapan, y que alcanza su cli­ma en la escena donde el enfermo duerme en la ca­ma abrazado por su madre y el hermano.

Si bien las actuaciones están por lo alto, habría que destacar a Jorge Perugorría como el enfermo mental con serias limitaciones físicas, y el papel de madre, de Isabel Santos. De principio a fin la coherencia de él en gestos y reacciones es impresionante y si la película funciona como drama empeñado en descifrar lo que no se dice, aun queriéndose de­cir, se debe en buena medida a su aporte.

Tan sincera como reflexiva, La pared de las pa­labras es de esas películas que pudieran no abarrotar salas, pero sí quedarse en la memoria de los que busquen en el cine algo más que un pasatiempo.

Fuente: granma.cu

martes, 9 de diciembre de 2014

Fernando Pérez: el Festival de La Habana es un sueño

El Festival de Cine de La Habana es un sueño para los cineastas, afirmó el realizador cubano Fernando Pérez, Premio Nacional de Cine, quien estrena en la edición XXXVI de esta cita su más reciente largometraje titulado La pared de las palabras.

Este es un espacio que crea muchas expectativas por la cantidad de público que mueve y deviene en un verdadero maratón audiovisual, aseguró a la AIN el ganador de cuatro premios Coral por las cintas Clandestinos (1988), Hello Hemingway (1990), La Vida es Silbar (1998), Suite Habana (2003) y El Ojo del Canario (2010).

   Pérez confesó que hubiera querido estrenar La pared de las palabras antes del Festival, porque se trata de una película que hay que ver con calma para meditar, sin embargo, está muy contento por su inclusión en la programación y espera presentarla por toda Cuba a principios de 2015.

   La cinta narra una historia sobre la discapacidad y la incomunicación y asienta su línea principal en la autenticidad del trabajo de los intérpretes, entre los que se encuentran los consagrados Jorge Perugorría, Laura de la Uz, Isabel Santos y Verónica Lynn.

   Es un filme de actores, que implicó la entrega total de Perugorría, quien se enfrentó a un proceso de desgaste espiritual muy intenso y, además, tuvo que bajar 60 kilogramos, en jornadas de trabajo muy agotadoras.

   Se trata del primer proyecto independiente del también escritor y ganador de un premio Casa de las Américas, que se rodó en poco más de un mes con un presupuesto de 115 mil pesos convertibles y varios de sus realizadores colaboraron prácticamente de forma voluntaria.

   La pared de las palabras concursa en la categoría de largometrajes de ficción, en la que participan una veintena de cintas de nueve países.  

Fuente: www.ain.cu

Estrenan hoy La pared de las palabras, de Fernando Pérez

Fernando Pérez, uno de los directores más respetados del cine cubano contemporáneo, afirmó este lunes en el contexto del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, en La Habana, que su más reciente película La pared de las palabras, exige verse con calma.

A propósito de su octavo filme, explicó que es una cinta muy particular, que debería verse con paciencia, no en medio de una maratón de películas, y promete ser uno de los grandes sucesos cinematográficos.

Con guión del mismo director de clásicos como Clandestinos, y las interpretaciones de lujo de Jorge Perugorría, Isabel Santos y Laura de la Uz, la cinta conserva el sentido humanista que ha caracterizado su obra.

De hecho, el fuerte de La pared de las palabras es el trabajo de los actores para lograr específicamente mayor autenticidad en el tema que trata, cómo la vida nos plantea retos y debemos enfrentarlos cambiando de mentalidad.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Fátima, o el parque de la Fraternidad y Vestido de novia

El filme de Perugorría, basado en el cuento de Mi­guel Barnet, acentúa la historia de amor entre Fátima y Vaselina. Vestido de novia también se perfila en este Festival sobre las llamadas diferencias sexuales

Autor: Rolando Pérez Betancourt  8 de diciembre de 2014 00:12:59

Dos películas cubanas sobre las llamadas diferencias sexuales llegan al Festival, Fáti­ma, o el parque de la Fraternidad, por mucho la me­jor pe­lícula de Jorge Perugorría co­mo director, y Vestido de novia, debut en el largometraje de la documentalista Ma­ri­lyn Solaya.

Ambas cintas con puntos de contacto en lo que a temática respecta y hasta en la recreación de algunas es­cenas. Las dos nacieron de casos reales. La primera, el excelente cuento de Mi­guel Barnet, concebido a partir de un personaje (el travesti) con quien el es­critor conversara largamente, y la se­gunda, un documental de la propia Solaya, aunque la historia de ahora va mucho más allá de los trances de aque­lla primera transexual cubana que diera a conocer en El cuerpo equivocado, y se enriquece en su te­mática so­cial y humana.

No es de dudar que, tras ver el filme de Perugorría, algunos espectadores hayan buscado nuevamente el cuento de Barnet para establecer las inevitables comparaciones entre la literatura y el cine. Dos lenguajes diferentes, se sabe, pero cuyo cotejo permite apreciar que por lo general el empeño fílmico se queda por debajo del original literario, y bastaría citar la extensa y poco agraciada filmografía relacionada con los libros de García Már­quez, Carpentier, y no pocos más.

No es el caso de Fátima, o el parque de la Fraternidad. Su guion (Fi­del Antonio Orta) desentraña el en­tra­mado dramático del monólogo sustentador y lo traspone en una es­tructura narrativa circular que conjuga el pasado y el presente sin alterar la sustancia del original.

El filme acentúa la historia de amor entre Fátima y Vaselina y sale airoso ante las tentaciones de los tonos simpáticos prefabricados, esos que tras hacer reír el momento, desdibujan la trascendencia del conflicto. Hay buen humor entonces sin que se empañe el suceder de abusos y desgarramientos del personaje, peripecias que van des­de su infancia hasta la madurez y evitan los estereotipos ruidosos tan da­dos en el tema gay y el travestismo.

Cierto es que no faltan en la trama algunos lugares comunes, pero se difuminan en el buen desempeño de los actores y en el trabajo visual —sin las riesgosas improvisaciones de otras veces— del que hace gala Perugorría.

Carlos Enrique Almirante como Fátima resulta plausible por cuanto se trata de un registro en el que debe asumir varias personalidades y estados de ánimo a lo largo de los años, y si en algún momento, hacia los finales, el espectador cree percibir que su Fá­tima se viriliza un poco, habría que recordarle que el mismo personaje se encarga de aclarar, al igual que lo hace el cuento, que cuando “se le sube el Manolo”, no cree en nadie.

Canta, ríe, llora, implora, seduce y no se rinde Fátima ante la adversidad, y Almirante saca adelante el papel de su vida en este filme de amplias au­diencias y calidades no pocas.

Y si emociones redondea Fátima, ellas no faltan igualmente en Vestido de novia, película que, al tiempo de revelar una historia novedosa, coloca sobre el tapete el tema de la discriminación —no ya de un transexual— sino también de la mujer como categoría humana, vista a través de los ojos de ese hombre que opta, a tono con su naturaleza verdadera, por cambiar de sexo y convertirse en una ama de casa, que además trabaja.

El filme de Marilyn Solaya se apoya en el buen desempeño de la pareja que integran Laura de la Uz y Luis Alberto García (además de otros ac­tores de primera línea) y redondea mo­mentos realmente conmovedores. Sin embargo, no puede evitar (o no quiere evitarlos) lo subrayados de su denuncia. Faltan matices entonces en el guion y dos o tres personajes, en su feroz y planificada maldad, se tornan arquetípicos y no poco deudores del tradicional melodrama.

Todo lo cual no le quita contundencia y aciertos a este primer filme, largamente luchado por su realizadora.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La pared de las palabras: El difícil ejercicio de la comunicación humana

Por: Paquita Armas Fonseca.


Tengo la suerte de haber disfrutado La pared de las palabras con el equipo de realización y un reducido número de invitados. Terminé de ver el último plano y salí. Me encontré en el vestíbulo del cine Charles Chaplin a Raúl Pérez Ureta, el fotógrafo de siempre de Fernando Pérez, y apenas pude hablarle.

Caminé por la calle 23 hasta mi casa. Sé que quienes pasaban por mi lado se preguntarían el porqué de esas lágrimas silenciosas. Un amigo que me topé y supo que la causa era una película me dijo “te tocó y fuerte”. Es así.

Por la noche hablé con Fernando. Él me escuchó un largo monólogo que terminó exonerándolo de la entrevista prometida. Y entonces me dijo: “Escribe eso que me dijiste. Creo que tus lectores lo agradecerán”. No lo hice en el momento y ahora quizás no sea igual.

La pared de las palabras es una película dura, difícil, estremecedora, con un drama posible en Cuba y cualquier lugar, hecha con todo el amor no solo de Fernando, sino de Jorge Perugorría que para mí ¡al fin! dejó de ser Diego, de una Isabel Santos en toda su madurez creativa, y una Laura de la Uz que me hizo cercanas a personas que quiero mucho. Carlos Enrique Almirante está muy bien y por supuesto, Verónica Lynn sigue siendo esa gran dama de la actuación. Son secundados por un grupo de actores no profesionales que poco les falta para serlo, porque dan piel y sangre a unos locos “verdaderos”.

La virtud mayor de esta cinta de Fernando es ponernos frente a un cuadro de familia disfuncional en el que cada integrante tiene parte de razón. La enfermedad de Luis (distonía, más trastornos siquiátricos) lo lleva a un hospital, donde hay otros enfermos con serios (y generalmente incurables) problemas de comunicación y locomoción.

Su madre (Isabel Santos) pierde oportunidades profesionales, pero especialmente por estar pendiente del hijo mayor, no atiende lo suficiente al menor (Carlos Enrique Almirante), mientras la abuela (Verónica Lynn) intenta vivir al margen del drama de su hija ¿una actitud reprochable? No lo creo, hay que ponerse en la piel de cada personaje.

Luis, que ha crecido en esa institución, intenta una y otra vez romper la pared de las palabras que le impide comunicarse con los seres humanos que le rodean, aunque no es limitante para que se interponga entre la cabeza de otro enfermo y la pared (de cemento) porque más que saber, siente que el otro podrá herirse. La actitud solidaria le deja unas marcas que los médicos no se explican.

Fernando ha dicho que su octavo filme “trata de expresar ese arduo y escabroso camino, no solo a través de Luis, sino de toda su familia y su entorno social. Porque, con frecuencia, somos los seres humanos clasificados como normales los más incapaces de entender palabras, señales, ondas, miradas que se pierden en la oscuridad de lo cotidiano.”

No creo –y quizás esté equivocada totalmente– que La pared de las palabras sea un filme de largas colas, o taquillera, no es el tipo de cinta que hoy se persigue.

Por supuesto, esa historia dura –y muy posible– está contada con la luz exacta, los grandes y primerísimos planos en el momento justo, al estilo de Raúl y una dirección de actores a la que nos tiene acostumbrados Fernando: de nuevo trabaja con un Síndrome de Down, en esta oportunidad se trata de una muchacha, Maritza Ortega, que actúa como si hubiera recibido clases para ello. ¿Recuerdan al Francisquito de Suite Habana?

La banda sonora de Edesio Alejandro por momentos es protagónica, mientras la edición de Julia Yip sigue siendo la necesaria. No podían faltar ni La Habana, ni el mar, esta vez en Santa Fe donde se filmó la cinta. Al decir de Fernando “Con la historia de Zuzel (Monne) en las manos, que es mi propia historia aunque la película no sea una autobiografía, me lancé al río turbulento y dinámico de la producción independiente”. Una actitud lógica en los tiempos que corren para un genuino adolescente que acaba de cumplir 70 años y lo celebró intentando desentrañar “el difícil ejercicio de la comunicación humana”.

Fuente: (Tomado de El Caimán Barbudo)