lunes, 28 de mayo de 2007

La noche de los inocentes y la disección de un policía


Por Rubén Padrón Astorga

La noche de los inocentes de Arturo Sotto, competidora por Cuba dentro de la Sección Oficial, nos ha obsequiado con un personaje tan bien escrito, actuado con tanta gracia, con tanta destreza, que uno de los análisis de la película ha de hacerse forzosamente en función de él. Se trata del personaje de Jorge Perugorría, que encarna a un policía llamado Frank.

Frank tiene en la cinta un valor radical, no solo porque es el eje de la historia, sino porque sufre una disección inusual, a partir de haber sido sancionado por abuso de poder a la entrada de un cine y de hacer una investigación que no le toca en una sala de hospital.

Casi todos los policías que se han visto en nuestra televisión o en nuestro cine son tan íntegros que apenas se reconocen personas en ellos. Eso para no hablar de que estos personajes jamás se han tomado el trabajo de cuestionarse la profesión ni de expresar las cosas que piensan como policías o las ventajas y desventajas de serlo. Y no estoy añorando policías corruptos, sino humanos.

Se trata entonces de echar luces sobre una realidad humana, una de las mejores intenciones que puede tener el arte, casi la única, en este caso la realidad humana de un policía, tan poco iluminada entre nosotros. Sabemos que su labor consiste en ocuparse de que la vida de la gente ande en paz. Cumplir con rigor esta premisa hace al buen agente. Pero la policía peca a veces de exceso de rigor.

El de nuestra película está sancionado por exceso de rigor. La multitud que se atropella para entrar a un cine es para él un casus belli, un motivo de guerra. Motivo comprensible, ya Frank se ocupará de demostrarlo.

En algún momento de la película se descubre su falta y se sabe que ha sido expulsado de la policía. Frank, para defenderse, intenta justificarse. Reconoce que empujó a la gente en el cine con toda su fuerza, pero que a todos les pidió perdón. Entonces, desesperado, dice que no comprende cómo es posible que los habaneros lleguen a romper una vidriera con tal de ver una película, cuando en Santiago lo hacen para conseguir ventiladores. El reconocimiento de este absurdo es una de las grandes sumergidas psicológicas que hace la película. El policía no entiende a la gente y esta incomprensión lo irrita hasta cegarlo.

Nuestro agente tiene una única intención, estimulada por su novia enfermera: ser un buen policía. Ese único deseo echa por tierra toda la fila de personajes que se han escrito para ser policías en nuestros audiovisuales. Esta necesidad de Frank de hacer bien su trabajo, de corregir el error que cometió, de parecerse al policía ideal, que para él no es otro que el gran Humphrey Bogart (ojo, un ejemplo de policía bien hecho), y al querer acercarse a su ideal está demostrando su íntima convicción de que no ha sido bueno hasta ahora, esta necesidad de Frank, decía, es la oportunidad que nos da la película para imaginarnos qué hubiera hecho, en su lugar, un policía distinto, por ejemplo, el que está realmente encargado del caso.

Alteremos un poco lo que cuenta la película. Imaginémonos que un policía cualquiera entra en la sala del hospital y ve reunida a una familia en torno a un travesti golpeado e inconsciente. Lo primero que sentirá será repulsión. La figura del travesti, como da cuenta de sobra la película, le produce repulsión, horror o hasta gracia, una gracia macabra, a casi todos los personajes. La madre se espanta de que su hijo se vista de mujer, espanto lógico, porque sabe el peligro a que se expone. El padre lo golpea salvajemente, sin saber que es su hijo, solo porque está convencido de que la única actitud posible que se puede tener en relación con un travesti es golpearlo. El amigo del padre lo estimula desgañitado a que le de una paliza. Los camilleros se burlan de él. Los enfermos avanzan en tropel para ver la figura espantosa de un travesti. La recepcionista del hospital se ríe en la cara de su madre, cuando pregunta: “¿Usted tiene un hijo maricón?”. Esta repulsión que todos sienten por el travesti es la denuncia que hace la película de uno de los tratos más despreciables que se da a persona alguna en estos tiempos.

Pero sigamos con la película imaginaria. Luego de observar el espectáculo, el policía cualquiera hará las dos o tres preguntas que le tocan y se irá a hacer el informe. El resto de la familia, el italiano y la novia se atacarán unos a otros hasta que el travesti se levante furioso (recuérdese que estaba fingiendo inconsciencia) y les eche en cara a cada uno la parte de culpa que le toca en su desgracia. Claro, que sin la ayuda de Frank, tal vez nadie se enteraría de lo que realmente ha pasado, porque ninguno se atreve a decirlo, y a juzgar por lo mesurado que se ha mostrado el supuesto travesti a lo largo del filme, tampoco él, por pudor, lo dirá.

Como se ve, la figura de Frank es esencial en la película. Él es quien escucha, analiza, compara y descubre. Frank le dice al italiano, “hasta ahora el primer sospechoso es usted”. Le dice a la niña, “es en ti en la única que confío”. Le dice al padre, sin sensiblería, con un desprecio absolutamente convincente, que es él quien ha golpeado a su hijo. No me imagino qué otro personaje de los que estaban en la sala, no ajeno totalmente a los sucesos previos, con cosas que ocultar, sin deseos de hacerse centro de la pesquisa, hubiera sido capaz de decir estas cosas y de descubrir la verdad. Frank, con una potestad falsa, hace las veces de interrogador, de jurado, de juez imparcial.

Y he aquí la tesis la película, al menos la que a mí me interesa: solo porque Frank está resuelto por convicción propia a descubrir la verdad, y a hacerlo bien, lo logra; y es eso precisamente, y no otra cosa, lo que lo hace un buen policía. Más de una vez se le reprocha a Frank que no lleve uniforme. “El hábito no hace al monje”, responde, y se toca desafiante el peine inofensivo que lleva bajo la camisa. El otro policía, el verdadero encargado de escribir el informe, llega a la sala justo antes de que se acabe La noche de los inocentes. La cinta no se ocupa de él.

Frank no solo es el más humano de los personajes, y el más humilde (es el único en toda la película que pide perdón), es también el único que al final siente una auténtica paz, por estar convencido de haber hecho algo bien. Por lo demás, como antes decía, la actuación de Perugorría es excelente. Frank quería parecerse a Bogart, y no dudo que Perugorría haya hecho su personaje tan bien como lo habría hecho el actor norteño. No exagero, ya los he visto a los dos hacer de policía.

Se estrena en Cuba La noche de los inocentes

Por Yaima Leyva Martínez

La nueva película cubana La noche de los inocentes, tercer largometraje de ficción de Arturo Sotto, fue presentada en la capital cubana ante la prensa especializada. En el encuentro estuvieron presentes los actores Jorge Perugorría, Aramís Delgado, Yasmani Guerrero, Rachel Falcón y Davide Riondino (quien fuera además productor asociado), el productor ejecutivo Camilo Vives, el productor general Francisco Álvarez y el director de fotografía Ernesto Granado.

Sotto, quien confesó que esta ha sido una película hecha con mucho esfuerzo y gracias a la ayuda desinteresada de los amigos y al aporte decisivo de la Productora ICAIC, declaró que la razón principal para emprender este proyecto fue la necesidad de hacer cine: “Llevaba algunos años sin filmar, y tenía varios proyectos que no se hicieron, por lo cual sentía la necesidad de emprender una historia que no fuera costosa, de acuerdo a las posibilidades de producción con que contamos. Así que me he dedicado sobre todo a escribir cuentos a partir de ideas que no he realizado. El guión parte de la combinación de dos de estos cuentos. Traté entonces de inventarme un relato donde los incluyera y que además ocurriese en una misma locación, pues tenía que ser una historia que no fuera costosa. Eso, y la necesidad de hacer cine a toda costa.”

El guión de La noche de los inocentes participó de un taller organizado por la Fundación Carolina junto con Casa América de Madrid que, en el caso de Sotto, contó con la tutoría de Jorge Goldemberg y José Carlos Avellar.

La noche de los inocentes se ubica en una Habana nocturna, y su trama gira en torno al cuerpo inconsciente de un joven travesti que es llevado a la sala de observación de un hospital. De ahí en lo adelante, una serie de personajes que van apareciendo nos revelan las razones para que el individuo terminara así, al tiempo que un fracasado policía, interpretado por Jorge Perugorría, trata de atar los cabos sueltos.

Respecto a su personaje, el actor cubano más internacional indicó: “Este personaje parte de un cuento que el humorista cubano Omar Franco convirtió en un monólogo, y él está tan simpático en su interpretación que para mí era un reto hacerlo. Ha sido muy bonito compartir con estos actores, pues fue un trabajo de equipo muy hermoso. La película se ha hecho con muy pocos recursos pero con mucho amor. Aparte de la experiencia del personaje, cuando hago cine en Cuba, con Arturo, con los amigos, eso también me aporta como persona.”

Arturo se refirió a la voluntad de incluir en el personaje de Perugorría algunos tics  propios del cine negro, en especial de los personajes de Humphrey Bogart, al cual el policía de Perugorría rinde culto. Pero a la hora de situar su película en un género exacto, Sotto tiene dudas: “El termino comedia aplicado a esta película no me gusta; creo que La noche de los inocentes es un gran drama, o una suma de los pequeños dramas de todos los personajes. Sí sé que no quiero aburrirme de lo mismo, de hacer la misma estética siempre. No soy capaz de establecer el proceso creativo como algo definido. De hecho, este es el proyecto que he conseguido hacer y que está ahí gracias a muchos factores. Creo que esta es una historia de Romeo y Julieta sin Montescos ni Capuletos. Aquí quién se opone es Verona. Y Verona puede ser muchas cosas.”

Entre las dificultades que debieron enfrentar los realizadores estuvo la selección del set de filmación, que debía ubicarse en un hospital. Cuenta Sotto: “La prefilmación comenzó visitando todos los hospitales de La Habana buscando locaciones, pues no teníamos recursos para construir. Encontramos dos o tres espacios, pero en la situación de los hospitales, la presidencia del ICAIC pensó que sería muy sensible meter equipos de filmación allí dentro. Conseguimos un apoyo del hospital Miguel Enríquez, que nos prestó camas y equipos, con lo cual construimos todo el set. Ello fue mucho más cómodo para nosotros, tener un ambiente controlado.”

La película es una coproducción entre Cuba, España e Italia. En su realización fue decisivo el aporte de Davide Riondino, quien había dirigido en 1996 una producción italiana con actores cubanos e italianos. Desde entonces, lo une a Sotto y Perugorría una estrecha relación de amistad. Arturo calificó la participación de Riondino como productor asociado como “la de un loco aventurero que se lanzó con nosotros a hacer esto sin saber lo que arriesgaba, ni adónde iba. Llegó a filmar una semana antes, pero se lo agradezco profundamente, porque fue el primer impulso que tuvimos para hacer la película y confió en que iba a salir bien".

Riondino piensa que este no será el punto final de su trabajo conjunto, sino el inicio de otros proyectos: “Mi contribución productiva fue una pequeñísima inversión. Ojalá muchos contribuyeran de esta forma a la producción de cine; ojalá que los artistas fueran más a menudo productores.” Camilo Vives también subrayó el aporte personal de Riondino, pues la inversión procedía de sus fondos privados. “Ojalá hubiesen muchas personas que arriesgaran algo, confesó el productor cubano. Hoy en día ningún productor arriesga nada. Esta película se fue armando en el camino y comenzó con nada.”

La música original está a cargo del pianista y hombre de jazz Ernán López-Nussa, quien nunca antes había emprendido un trabajo para cine de esta envergadura. Cuenta Arturo: “El único trabajo previo que se hizo fue el arreglo de la canción de Silvio Rodríguez Te amaré, que aquí es cantada por Haydée Milanés. De paso, agradezco a Silvio, que nos regaló su canción para la película. Cuando escuché el arreglo de Ernán, sentí que ahí estaba un poco el espíritu sonoro de la película. Yo lo escogí para componer la música porque esta es una película nocturna y su formación jazzística iba mucho con el tono. Pero lo que más me sorprendió cuando terminó es que, siendo un artista con una marca muy personal, hizo una música de género, para cine.”

Luego, la música incidental, que incluye a grandes voces de la música popular cubana, fue otro tema del diálogo. “Soy un fanático de la música cubana de los 60 y 70 —confesó Sotto—, y no la escucho en el cine cubano. Ya en Amor vertical había usado a Bola de Nieve, y a Elena Burke con el mismo disco que uso aquí. Pero debo confesar que no la voy a usar más, porque la EGREM (Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales) nos cobra tanto que hay que inventarse un presupuesto para eso. Y es nuestra música, nuestra cultura. A veces tuvimos que condicionar el montaje a la duración de la música, porque no teníamos dinero para pagarla. Por suerte, el ICAIC asumió ese costo, que es bastante alto.”

La fotografía estuvo a cargo de Ernesto Granado y su concepto giró en torno a los ambientes del cine negro clásico. Sotto declaró: “Revisamos varias películas del cine negro norteamericano e intentamos apropiarnos de los claroscuros que están en ese cine. Esta película fue filmada en un formato digital que no es HD, así que el proceso de inflado fue muy complejo, con muchas pruebas desde el punto de vista técnico. Y conseguimos una imagen final que es una fotografía de género.”

Respecto a los homenajes al cine cubano presentes en su cine, Arturo Sotto confesó el tributo que quiso hacerle a Tomás Gutiérrez Alea usando fragmentos de Memorias del subdesarrollo y un segmento sonoro tomado de Fresa y Chocolate. “Siempre me dije que si Titón no estaba en los medios, yo lo pondría en mi película, para insistir en que Titón tiene que estar presente en nuestra memoria y en nuestro pensamiento.”

A propósito de su guión Peter Pan Kids, el director dijo que el ICAIC está avanzando en la fase de financiamiento del proyecto, pues se trata de una película mucho más compleja y cara.

Sotto confiesa su alegría por el estreno: “Quería terminar esta película, que empezamos a filmar en 2005. Les confieso que queríamos hacer una película correcta, sin grandes pretensiones, pero que llegue al espectador cubano, y ojalá que así sea. Me gustaría que el público no solo se quedara con lo que dice la película, sino que meditara en aquello que los personajes no dicen.”

La noche de los inocentes ha sido presentada en el mercado del Festival de Cine de Cannes y va a estar en festivales de Italia, mientras se hacen gestiones para presentarla en Toronto. Esta semana debutó en el circuito de cines de estreno de la capital cubana.

jueves, 5 de abril de 2007

El Havana Film Festival neoyorquino homenajeará a Perugorría

El actor Jorge Perugorría, protagonista de alguna de las más exitosas películas cubanas en esta última década y media, recibirá el tributo del Havana Film Festival New York (HFFNY), que se desarrollará a partir del 13 de este mes en la ciudad de los rascacielos. Considerado uno de los eventos cinematográficos latinos más importantes que tienen lugar en la Gran Manzana, el certamen proyectará cintas procedentes de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, Guatemala, México, Perú, Puerto Rico, España, Uruguay y Estados Unidos. "El Benny", la galardonada ópera prima del director cubano Jorge Luís Sánchez, será la encargada de abrir el certamen.

Varias serán las obras menos conocidas de "Pichi" Perugorría que se verán en Nueva York: "Amor Vertical", de Arturo Sotto; "Cosas que dejé en La Habana" y "Una rosa de Francia", ambas del español Manuel Gutiérrez Aragón y con guión del cubano Senel Paz, y el documental "Habana Abierta", en el cual Perugorría codirige con Arturo Sotto. El astro cubano acudirá el sábado 14 de abril a la proyección de su debut como realizador, y establecerá un diálogo con el público moderado por Mario Murillo (WBAI, Wake up America). 

El Festival cierra el viernes 19 de abril con el estreno de "Os 12 Trabalhos", de Ricardo Elias (Brasil), ganador del premio Horizontes Latinos en el Festival de San Sebastián y tercer Coral en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

Podrán verse en el certamen neoyorquino los trabajos de Javier Mejía (Colombia) con "Apocalipsur", recientemente premiada en el Festival de Cartagena; Pablo Larraín, (Chile) y su bien recibido film "Fuga"; Manolo Nieto (Uruguay), ganador del Tigre Award del Festival de Rotterdam por "La perrera"; Ricardo Pérez Matta (Puerto Rico), cuyo film "Ladrones y mentirosos" logró atención internacional con esta historia de corrupción en su país; Pavel Giroud (Cuba) y su primer largometraje, "La edad de la peseta", con la que recibió premios en el Festival de La Habana y en el de Cartagena; Rafael Rosal (Guatemala), con "Las cruces"; Juan Felipe Orozco (Colombia) con "Al final del espectro" con la cual logró hacer la versión en inglés con el productor Roy Lee (The ring) y Nicole Kidman. 

Entre los directores con amplia trayectoria que presentarán sus filmes están: Harold Trompetero y Jairo Eduardo Carrillo (Colombia), co-directores de la comedia negra, "Dios los junta y ellos se separan"; Eduardo Raspo (Argentina) con "Tatuado", el cual recibió importantes premios en Trieste, Biarritz y Montreal; Manuel Pérez con "Páginas del Diario de Mauricio", ganador en el Festival de La Habana; Ignacio Ortiz (México) que retorna a su mundo mágico en "Mezcal"; con premios en Málaga y 4 Ariel de la Academia de cine de México. 

Más de 15 realizadores en total asistirán al Festival de este año, los cuales participarán en presentaciones, paneles y eventos abiertos gratuitamente al público.

Fuente: noticine.com

viernes, 7 de abril de 2006

Fallece Rocco, conocido por el film Fresa y Chocolate. El good bye de Perugorría

Carina Pino-Santos • La Habana


El impecable ataúd recién pintado nos sirve de mesa mientras reímos sobre el límpido cristal de la tapa, tras el que puede verse inerte al difunto. Al rato traen café al fondo de unos largos vasos. Lo saboreamos a la par que nos divertimos con la simpática chanza del proyectado entierro que se efectuará, en medio de una gran colección de semejantes, el día 1 de abril de este 2006 en el antiguo Convento de Santa Clara, ceremonia a la que asistirán los mejores artistas plásticos del país, la prensa extranjera y todo un multitudinario público entusiasmado.

Una caja mortuoria, sin corona de flores, está cubierta por un sudario transparente y a su lado, en un atril, la despedida de duelo. Se trata de un sepelio peculiar. Su originalidad no radica precisamente en quien le rinde postrera dedicatoria, aunque ciertamente sea uno de los actores más famosos en el mundo de habla hispana de hoy: Jorge Perugorría. Más bien se debe al personaje al que le ha rendido tributo póstumo con su obra, así como el significado de este acto único: se trata del Good bye a Rocco, o para decirlo con más claridad, el último adiós del afamado cubano al refrigerador que conformó la escenografía y que fue un acento dramatúrgico más dentro del guión de la mítica película Fresa y chocolate. A la vez, el actor realiza, además de una obra plástica, una cita autoreferencial pues le otorga paralelamente un sentido de ofrenda muy personal y emotiva al cine cubano, del cual ya forma parte ineludible.

Hace un lustro el popular intérprete comenzó a darse a conocer como pintor y a figurar en la programación de exposiciones de la capital cubana. La crítica debió sentirse emplazada por ello. Ahora, mucho más afín y coherente a su trayectoria, ha realizado una obra que homenajea al mejor cine cubano y que también lo interrelaciona con su propio quehacer como creador individual en el campo de la actuación. Un viaje, por razones de trabajo, a El Salvador, le impidió, eso sí, realizar el performance con el que daría su abur a Rocco, por lo que no será ya posible esa cobertura inusual, ese acto que el artista se planteara en un inicio y que refiere a continuación en esta entrevista. Su despedida de duelo, sin embargo, se hallará a modo de partitura conclusiva al lado de Rocco.

Esta obra de Perugorría se halla, junto a otro medio centenar, en la más importante exposición colateral de la IX Bienal de La Habana, que constituye un suceso para la historia del arte del nuevo milenio. Manual de instrucciones, una muestra colectiva preparada por Mario Miguel González, Mayito, creador y promotor de arte, está integrada por 51 artistas plásticos cubanos que han creado sus obras de arte sobre, a partir de y en refrigeradores de los años 40 y 50, efectos electrodomésticos de marcas que ya desaparecieron en el mundo, pero que aquí continúan funcionando, a veces de forma agónica, en ocasiones como búnkeres, o cual simples sobrevivientes que perecerán ante la inminencia de su cambio por otros de menor gasto energético y que, para finalizar, pero no por ello menos trascendente, siguen trabajando cual aparatos imprescindibles, aún con sus motores rugientes, en la inmensa mayoría de las viviendas cubanas.

Entre risas, un fuerte café y ante la presencia ya difunta de Rocco en su reluciente caja mortuoria, Jorge Perugorría estableció con naturalidad insospechada una conversación en entrevista muy exclusiva no solo por el entrevistado sino porque fue grabada sobre un “ilustre” sarcófago.

¿Puede decirme cuál es el concepto que le animó a realizar este refrigerador féretro?

La obra se llama Good by Rocco, porque cita al refrigerador que usamos en la película Fresa y chocolate.

Verdaderamente es un juego. Es una pieza concebida para hacer un performance e interactuar con el público a modo de metáfora de la sacralización del objeto: el objeto muere, pero no muere sino que se transforma en otra cosa, en una obra de arte, empieza a vivir en otra dimensión. Es un homenaje también a Titón, a Juan Carlos, al cine cubano, a las películas que he hecho.

Cuando Mayito me habló para hacer la obra, mi primera idea fue pintar el refrigerador, pero después pensé que era mejor hacer una obra que tuviera que ver más con mi vida como artista en general, que involucrara mi relación con el cine, con la plástica, pero haciendo un performance y convirtiéndolo en escultura. Aparte del refrigerador que se transforma en un sarcófago también desearía hacerle una despedida de duelo que se leería, citando aquella que hizo Titón en la Muerte de un burócrata —espero no enterrarlo con su carné laboral para no pasar los mismos trabajos para recuperarlo después.

¿Es el mismo refrigerador que aparecía en el filme?

Sí, el mismo. Lo negocié con el dueño. Es un juego con el trabajo mío en el cine, es un homenaje, un guiño a esos directores que significado tanto en el cine cubano y que han sido determinantes en mi carrera y han influido en lo que soy.

¿Tiene que ver el entierro de Rocco con el fin de una etapa o del mito de un filme como Fresa y chocolate?

No. Creo que, al contrario, más que hablar de un entierro se trata de un nuevo inicio. No es una obra que pretende hablar de algo que termina, sino de algo que comienza a vivir en una nueva dimensión, en el plano de las ideas, en el mundo del arte. Una de las cosas que me motivó a hacerlo era eso, todo lo vamos a hacer con el humor criollo que ha caracterizado esas mismas películas de las que hemos hablado, en plan de broma, de divertimento, de performance, donde vamos a tratar de burlarnos un poco de todas esas cosas. La idea era hacer algo más que una despedida de duelo seria y ceremoniosa, en plan de broma.

Muchos se preguntan cómo un actor que ya se halla en una etapa de madurez de pronto se inicia en las artes visuales, en una especialidad a la que se llega luego de una trayectoria, de un trabajo por lo general intenso.

Verdaderamente para mí la aparición de la pintura como otro modo de expresarme es un resultado de mi trayectoria en el cine. Creo que tiene que ver con el arte posmoderno, de encontrar otras formas, con el artista de hoy que echa mano a todo lo que tiene a su alcance a la hora de transmitir y de comunicarse con el público y el espectador. Es resultado de esto. Cada vez es más común ver músicos que publican libros, o que pintan; actores que dirigen y pintan, o que hacen música. Es consecuencia también de que de muchacho siempre me gustó la pintura, lo hice siempre de niño, lo había dejado de hacer y lo retomé con el devenir de los años.

¿Desde hace cuánto se dedica al arte?

Desde el año 2000 en que hice mi primera exposición en la SGAE. Y de ahí para acá ha sido tremendo ya que me he ido creando como un compromiso profesional, porque verdaderamente regresé a la pintura pero como vocación, como hobby.

Cuánto tiempo puede dedicar un actor, al que se le exige tanto desde el punto de vista de su labor en filmaciones, a la producción de arte y a la pintura abstracta, que es la que más usted cultiva.

El mismo tiempo que uno le dedica a la película. O sea, el cine tiene un concepto de industria, tiene horarios, se trabaja mucho, consume mucho tiempo; pero del ser humano son las mismas inquietudes o motivaciones las que te llevan a pararte delante de una cámara o delante de un lienzo vacío.

¿Cómo entrelaza, desde el punto de vista de la creación plástica, lo que le aporta su conocimiento del cine a la hora de expresarse por medios específicos de la plástica? ¿Existe una interrelación?

Sí, como no. Al final termina siendo un ajiaco. Todo eso forma parte de uno, se reciclan todas las experiencias, tanto las que he tenido en el cine y las que he tenido en la pintura como las que voy adquiriendo en los documentales que he podido dirigir o codirigir. Creo que al final todo tiene que ver y todo lo vivido de alguna manera aflora en las ideas de uno tanto en una cosa como en la otra.

He tenido también la suerte de haber viajado mucho, a través del cine, por diferentes lugares, culturas. He visto mucho. Y creo que la pintura para mí es un poco la digestión de todo lo vivido gracias al cine.

¿Ha tenido alguna guía o academia?

He tenido una relación con artistas plásticos cubanos. Compartir momentos con ellos también significa transmitir experiencias, hablar de ideas y criterios en relación con el arte.

Hay personas que han sido determinantes en mi retorno a la pintura, como el caso del director español Bigas Luna, que es un cineasta y también es un artista que pinta. Ha hecho muchas exposiciones y me ayudó, despertó en mí esa vocación.

Sobre todo, yo era muy curioso. Hice el personaje de Goya en la película Volaverunt con Bigas Luna, y durante ese proceso en que estaba pintando las telas para que la cámara me tomara, él me decía: “Pero tú tienes unos trazos muy buenos, con mucha fuerza, ¿por qué no aprovechas eso?” Yo le hablé que de niño había pintado y que me gustaba. Y él me dijo que lo retomara, que le habían gustado las figuras que hice. Incluso cogió los lienzos que usé en la película y me dijo: “Me los voy a llevar de recuerdo.”

También tengo que hablar de pintores cubanos, como el caso de Cutty, quien fue uno de los que me entusiasmó mucho para que hiciera mi primera exposición, que fue determinante. Ahí fue que creé ese compromiso y dije: “puedo y voy a seguir”. Empecé a plantearme las cosas con un poco más de rigor.

Volviendo a Goya, que es una de las grandes figuras de la historia del arte, ¿hasta qué punto pudo un actor como usted lograr el estudio de la obra de Goya y hasta dónde le influyó como motivación para crear como artista plástico?

Tuve la suerte de que, al prepararme para el personaje de Goya, fui a Fuendetodos, que es el pueblecito donde nació, e incluso a Zaragoza, a conocer a grandes estudiosos que me hablaron de toda su obra. He visto casi todo lo que Goya hizo. Para muchos él es el creador de la pintura moderna, una figura fundamental para el arte contemporáneo, y sin dudas creo que vivir esa experiencia fue una gran motivación.

Me pregunto si todos estos aportes, desde el punto de vista del trabajo con las artes visuales, a su vez le motivarían a hacer un cine en el que la plasticidad del filme tenga importancia.

De hecho ya lo hice con los documentales que he dirigido. Empecé con el que hice junto a Arturito, sobre Habana Abierta, que era un documental más testimonial y contaba con una narrativa más formal. Pero las otras experiencias que he tenido —Iré Habana, el documental que hice a José María Vitier junto a Alderete, y Santiago y la virgen en la fiesta del fuego, el último que acabo de hacer— son dos documentales que verdaderamente se sustentan en la imagen y donde le he dado a esta más importancia. La propia dramaturgia de estos documentales está en función de la imagen y la música.

Creo que cada vez va teniendo más peso en mí esa mirada y ese poder de síntesis que al final es al que uno aspira en cualquier arte, sobre todo en la pintura. Sin dudas, seguramente me lanzaré a contar alguna historia, a hacer algún largometraje de ficción, y seguro la imagen tendrá un peso importante a la hora de contar y de narrar las historias que me interesen.

domingo, 5 de marzo de 2006

Jorge Perugorría en la Bienal de La Habana

Jorge Perugorría en la Bienal de La Habana
Por: Mercedes Santos Moray

Un ícono de la leyenda que se tejió con el filme "Fresa y chocolate", de los realizadores Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío vuelve a ser noticia.

Me refiero al famoso refrigerador del departamento de Diego (Jorge Perugorría), llamado afectiva y familiarmente "Roco" por el personaje. Ahora, en la exposición "Manual de instrucciones" que se incorporará al mundo de las artes visuales, a partir del 28 de marzo, en el contexto de la Bienal de La Habana, y en la que participarán 50 artistas, estará de nuevo el viejo Roco, nacido en 1952, a manera de homenaje y despedida, convertido en una pieza de arte, y bautizado por el actor-pintor que es Jorge Perugorría como su "Good bye Roco". Según el artista, a "Roco lo colocamos en posición horizontal, le construimos un soporte copiado de los que usan en las funerarias, lo colocamos en posición horizontal, en la parte del congelador abrimos la portezuela y uno al acercarse va a encontrar al motor del equipo difunto". Es un muy personal homenaje suyo a Titón, quien hace una década falleció para dejar un vacío que nadie ha podido cubrir en el cine iberoamericano. "Se trata de desacralizar el objeto.

Roco muere pero seguirá existiendo en el campo del arte, explicó Perugorría al hablar sobre la obra que tiene un signo de irreverencia, desenfado y buena dosis de postmodernidad, pieza donde se manifiesta el artista no en el lenguaje escénico, sino desde su otra mirada íntima, la que late también en su condición de creador de las artes visuales.

viernes, 30 de septiembre de 2005

Réquiem para Diego

La Jiribilla
Abel Sierra Madero • La Habana
Fotos: Adriana Mosqueda

Una de las películas cubanas de más impacto sociocultural en el contexto cubano de los años 90, es, sin duda, Fresa y Chocolate dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, con guión de Zenel Paz. El filme, basado en el cuento “El bosque, el lobo y el hombre nuevo”, del propio guionista, ha sido leído desde diversas perspectivas; a veces, desde un triunfalismo expectante y poco objetivo que vaticinaba un futuro confortable e idílico en que las contradicciones y conflictos fundamentales de la película, serían resueltos definitivamente en la realidad social. Han pasado más de diez años del estreno de Fresa y Chocolate,  y me pareció oportuno conversar con el actor que encarnó el personaje más controvertido e interesante de la película. Jorge Perugorría ha actuado desde entonces, en más de treinta filmes en Cuba y el extranjero; pero aún adora a Diego pese a la distancia y el paso del tiempo.


Ha transcurrido una década del estreno de Fresa y Chocolate. ¿Crees que la película haya tenido que ver con el inicio del debate público en Cuba de dos temas que estaban engavetados y pospuestos durante varias décadas: el papel del intelectual en la sociedad y la homosexualidad? ¿Crees que el impacto social de la película haya sido sobredimensionado?  
Verdaderamente, Tomás Gutiérrez Alea (Titón) pretendía que fuera una película atemporal; pero cuando más duro fue el tema de los homosexuales en Cuba fue en los 70, cuando estábamos en la utopía de crear el hombre nuevo. Entonces, recuerdo que quiso que fuera atemporal y que la gente pudiera ubicarla, no solo en el momento en que la estábamos haciendo, sino que tuviera también un juego con el pasado. Te digo esto porque pienso que la película en los 70 no se pudiera haber hecho, o sea, sale en un momento que existe una madurez de la propia sociedad cubana con respecto a estos temas. Sin duda alguna, ya en los 90 a pesar de que estábamos en pleno Período Especial y había carencias económicas, la sociedad había madurado en ese sentido. Creo que la película vino justo en el momento adecuado a tratar estos temas que habían sido tabú hasta ese momento, no solo en el cine cubano, sino también en las demás artes y lo trató con una sinceridad que la gente no tuvo un choque con el pensamiento cubano, sino todo lo contrario, que contribuyó a la tolerancia hacia las personas marginadas, no solo los homosexuales, sino a otras personas que son diferentes.
Recuerdo que cuando se estrenó la película, muchos homosexuales me abordaban en la calle y  con lágrimas en los ojos, me daban las gracias porque sintieron que sus conflictos y problemáticas habían sido tocadas con profundidad. La película terminó siendo una catarsis para toda esa gente que en los 70 pasó cosas muy duras por defender su sexualidad. 
¿Cómo aprendió Jorge Perugorría, hombre cubano contemporáneo a encarnar a Diego, de dónde y de quién tomó esas maneras?
Primero tuve la suerte de trabajar con Tomás Gutiérrez Alea que era el maestro del cine cubano; estaba Juan Carlos Tabío que es un excelente director de actores, y estaba el guión de Senel Paz, basado en su magistral cuento "El bosque, el lobo y el hombre nuevo",  tenía una base que para un actor es muy importante, un personaje muy bien escrito. Titón me dijo que tenía amigos que podían servirme de referente y que tenían características que él quería que tuviera el personaje. Me presentó a Lázaro Gómez, el productor de Pablo Milanés, que había sido asistente de dirección de Titón en varias películas. Lázaro era una persona muy extrovertida, un sentido del humor muy dinámico, muy expresivo. Estuve saliendo con Lázaro, ahí me presentó a Pablo Milanés. Empezamos a salir y me contaba de su vida, ahí capté todo sus manierismos, su gestualidad, características de él que se las pude poner al personaje. Por otra parte, en el trabajo con Senel Paz, que me presentó a Antón Arrufat, porque Antón tenía un peso como intelectual que era importante que el personaje lo tuviera también. Yo ahí era una esponja, tomando el té con él, no le quitaba los ojos de encima, cómo cogía la taza, cómo se reía. También estuve trabajando con Carlos Díaz, con quien yo había hecho la trilogía de teatro norteamericano en el 90, habíamos hecho "Las Criadas", habíamos fundado Teatro El Público. Esas personas fueron mi referente.
¿Crees que Diego es un fetiche, un estereotipo del homosexual o que su imagen, pensamiento y estética son representativos de todos los homosexuales?
Muchos homosexuales, o sea, diferentes tipos de homosexuales se veían representados en Diego. Creo que lo dije en el making off de la película, que si yo hubiera representado el Diego de todas las personas que se me habían acercado diciéndome que eran Diego me hubiera vuelto loco, entonces no  me quedó más remedio que hacer mi propio Diego que era un poquito de todas esas personas. Cuando se estrenó la película a mí me pasaron cosas muy cómicas. Los gays son muy simpáticos, y se me acercó uno y me dijo: "Me has hecho llorar tanto que he tenido que cambiarme el rímel tres veces". También creo que Diego representa a otras personas que no son homosexuales. Para mí el personaje no es excluyente y no se circunscribe solamente a ellos.
 
Los seres humanos de alguna manera nos travestimos en nuestra cotidianidad. Perugorría se desdobló y travistió para encarnar a Diego. ¿Qué crees de los travestis?
El tema de los travestis que cada vez toma más fuerza no solo en Cuba, sino en otros países, en las capitales, en las grandes ciudades, cada vez más se van ganando un espacio, y cada vez más forman parte del color y de las características de las sociedades. En algunos lugares han ganado más terreno en cuanto al respeto a sus prácticas y a su decisión de llevar esa vida. En otros, sus vidas son más terribles y viven en la frontera, en el límite, al filo de la navaja, entre el hecho de ser travestis y la prostitución ligada al travestismo y a la marginalidad. En países como Brasil sucede mucho y se convierte en un modo de vida, de un mundo marginal, de personas que tienen dificultades. La propia sociedad los convierte en algo bien triste y decadente. Hay otras personas que no lo hacen para prostituirse, sino que son grupos que han encontrado en el travestismo el modo de expresar su sexualidad y manera de ver y entender el mundo. Los guapos de alguna manera son travestis, en su gestualidad, sus manierismos, cambian el acento, se contonean. 
El tema del travestismo es muy complejo, por eso creo que hay que llevarlo a debate, para aclararle bien a la gente que el travestismo en sí, no atenta contra la sociedad ni contra su moral; pero el travestismo ligado a la prostitución es algo verdaderamente triste sobre todo en países del Tercer Mundo, en países en vías de desarrollo o en países que viven del turismo, entonces los turistas vienen a consumir eso como un producto. Cada quien tiene el derecho de vivir y expresarse de la manera que quiere; pero hay que ayudar a la gente a no caer en la parte decadente del travestismo que es la que está ligado a la prostitución. 
Si echamos un vistazo a los personajes que has encarnado en las películas donde has trabajado, Diego es un gran contraste con respecto a los machos que después de Fresa y Chocolate has representado. ¿Qué significa Diego para ti, no solo como actor, sino como hombre cubano que eres?
iego para mí fue mi maestro, yo estaba creando un tipo que aprendí mucho de él; porque recuerdo que cuando me presenté para el casting de Fresa y Chocolate, aspiraba a hacer el personaje de David, que es el personaje de mi generación. Me considero de la generación de ese David con todas esas lagunas culturales, con esa formación, con todas esas contradicciones, nacido y criado dentro de la Revolución. Yo estaba más cerca del personaje de David que de el de Diego. Siempre le he tenido amor a La Habana; pero no la conciencia de ese amor a La Habana que tiene Diego. Fui otra persona después que hice Diego; porque aprendí de la grandeza de los valores humanos que encierra el personaje. Todavía tengo esa huella, he madurado con esa huella, sobre todo de amor a la ciudad, de compromiso con el arte. Deseo que Diego les aporte a los jóvenes lo que me aportó a mí.
Después que estrenamos la película por medio mundo en festivales, Titón me dijo: "Bueno, ahora vamos a reivindicarte". Porque todo el mundo pensaba que yo era gay, dondequiera que ponían la película la gente pensaba que era gay. Entonces Titón me dijo: "Ahora te voy a dar el personaje de un macho cubano, un camionero, para reivindicarte para el mundo, porque si no estás embarcado". Entonces hicimos Guantanamera y otras películas donde hice personajes de machismo extremo.
 
¿Qué es lo que más aprecias de Diego?
El compromiso con el arte. No hacer concesiones ni con la oficialidad ni con el poder ni con nada. Diego eso lo tenía muy claro, y por esa conciencia de su amor a La Habana, ese orgullo de vivir como él dice "en uno de los lugares más maravillosos del mundo" y tener esa sensibilidad para amar esta ciudad y para tratar de hacer algo por ella. 
 
¿Tienes algo que reprocharle? ¿Qué le hubieras quitado? ¿Qué le hubieras agregado?
Si hay algo que le hubiera cambiado al personaje, es que Diego no se hubiera ido de Cuba. A mí me hubiera encantado que Diego siguiera por La Habana, montando exposiciones, yendo al ballet. Que Diego pudiera estar aquí en La Habana, que no tuviera…, que para mí es lo más duro, esa despedida de la ciudad, amando esta ciudad como la amaba él. Pero todavía estamos a tiempo, a lo mejor regresa, ojalá…, y yo sueño con eso. Estamos trabajando mucha gente, no solamente artistas, que reflejan y rescatan la obra de muchos cubanos que como Diego andan por ahí, que sigan sintiendo que La Habana es su ciudad y que sus puertas están abiertas.
Hace poco volví a ver la película y me siento muy satisfecho. Después de hacer esa película,  en vez de detenerme a ver qué hubiera hecho mejor, tuve que detenerme a pensar cómo iba a  poder hacer otra cosa y que la gente pudiera ver que era capaz de enfrentar a otro personaje. Han transcurrido diez años de Fresa y Chocolate, he hecho alrededor de treinta y cinco películas y todavía Diego sigue siendo el referente adonde la gente mira siempre. Es difícil en la carrera de un actor encontrarse un personaje tan bien escrito como ese, y trabajar en una película como esa. A veces hay grandes actores, con grandes carreras, y nunca llegan a tener un trabajo de esa trascendencia. Tuve la suerte que para mí fue la primera. Va y me paso la vida haciendo películas y no consigo que ninguna tenga esa trascendencia. Pero siempre de alguna manera voy a ser el Diego de Fresa y Chocolate, no me queda más remedio. 
¿Crees que el discurso de Fresa y Chocolate incidió en un cambio de mentalidad con respecto al tratamiento de los homosexuales en Cuba? ¿O piensas que hay una vuelta atrás en ese sentido? ¿El helado ya se ha derretido?
Creo que no es fácil para una sociedad machista como la nuestra asimilar el tema de la homosexualidad, aunque se han ganado muchos espacios, de sentido de respeto. Ya no sucede como en otros momentos donde a los homosexuales les costaban los puestos de trabajo; pero todavía la sociedad tiene que evolucionar y madurar mucho. Todavía la verdadera integración de los homosexuales a la sociedad constituye una utopía, no solo en Cuba, en otros lugares también. Todavía esos sectores tienen que batallar mucho para seguir ampliando su presencia dentro de la sociedad, seguir manifestándose, para que sean verdaderamente aceptados.

martes, 9 de agosto de 2005

Perugorría y los 40

M. J. Muñoz La Habana
Fotos: Nadia

Asumir los más disímiles personajes, lo mismo el mítico homosexual de Fresa y Chocolate, el Goya de Volavérunt, que el ciego de Lista de Espera... hasta cerca de 36 películas en poco más de 10 años, resulta un buen average para cualquier actor. Intenso ha sido el itinerario de aquel muchacho del Wajay que alguna pensó en ser médico.
Sin duda, a sus 40 años (13 de agosto de 1965) recién salidos del horno, Jorge Perugorría es la cara del cine cubano más conocida de todos los tiempos. Trabajo le costó. Cerca de dos décadas han pasado desde que Pichi, como lo llaman sus amigos, anduviera las aulas del Politécnico José Martí, “donde conocí a Elsita, mi compañera y la madre de mis hijos; entonces trabajábamos de artesanos para darnos el lujo de hacer teatro, no teníamos salario”.
Cuatro años compartió con la tropa de Humberto Rodríguez hasta que pasó a formar parte del grupo Arte Popular, dirigido por  Eugenio Hernández Espinosa, bajo cuya batuta fue evaluado como actor profesional. Luego inauguró Teatro Caribeño. Y trabajó con directores de la talla de José Milián, Nelson Dor, Tomás Piard y Pedro Ángel Vera, “con quien interpreté La perra vida, una de las mejores cosas que hice”. También compartió las tablas con el grupo Rita Montaner y participó en la fundación de Teatro El Público.
Antes tuvo una “experiencia extraordinaria” con su director, Carlos Díaz, quien hizo una selección de actores para montar la trilogía de teatro norteamericano: Zoológico de cristal, Té y simpatía y Un tranvía llamado deseo, “lo más importante que me sucedió en todos esos años de teatro”.

No contabas apenas con preparación teórica…

Así fue, no alcanzaba el tiempo. Humberto nos enseñaba, siempre nos motivó para que estudiáramos Stanislavski y nos daba cursos de preparación e interpretación. Después, con todos esos directores, aprendí un poco más sobre la marcha.  
¿Cómo llegas al personaje de Diego?

Estaba haciendo televisión, lo más importante fue Shiralad, en el espacio de Aventuras. Mirtha Ibarra, que trabajaba en la serie, me dijo que Titón (Tomás Gutiérrez Alea) estaba haciendo el casting para Fresa y Chocolate. Le conté que el ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos) no me había llamado. Llevaba años haciendo teatro sin una posibilidad seria en el cine. Ya pensaba que mi carrera se limitaría al teatro. Tenía 26 años.

“De visita en la UNEAC, corría un Festival de Cine, Mirtha me presentó a Titón. Él me dijo que fuera a hacer la prueba. Le expliqué que no me habían invitado. Me respondió que se encargaría de que me citaran. Y así fue. Cuando me presenté iba pensando en el personaje de David. Conocía el cuento de Senel Paz y creí que era con el que más posibilidades tendría.

“Titón me explicó que andaba buscando a Diego. Aquello me cayó como un jarro de agua fría. Porque siempre pensé que un personaje tan complejo se lo darían a uno de esos monstruos del cine cubano como Adolfo Llauradó, Carlos Cruz… Ensayé con Carlos Díaz que generosamente me montó la escena, a pesar de que él también se había presentado para el personaje. Unos días después me aprobaron. Llegaron a mi casa para decírmelo y entregarme el guión. Y comenzó todo.”

¿Qué significó para ti el trabajo con Titón?

Me marcó como artista y como persona. Trabajó conmigo como si yo fuera un muchacho de la escuela de arte. Me mandaba tareas como actor, desde hacer la biografía, orientarme en la caracterización del personaje, hasta presentarme a personas con las características que pensaba él debía tener Diego. Empecé a trabajar con ellos. Y con un poco de cada uno lo armé.

“Pero su influencia no fue solo a la hora de componer el personaje y hacer la película. Lo acompañé a muchos lugares y eso fue una escuela. Verlo defender sus ideas. Así logré entenderlo más. No puedo negar su influencia en mí. Creo que mi generación fue tocada por su cine y por todas las ideas que generó su obra.

“Y hablamos de él, pero también fue fundamental Juan Carlos Tabío, codirector de la película. Su talento en el trabajo con los actores fue indispensable. Experiencia que tuve la suerte de repetir en Guantanamera, que la dirigieron juntos los dos, luego en Lista de espera, y que espero volver a repetir, porque considero un lujazo trabajar con Juan Carlos.”   
¿Qué le debes a Diego?

Permitirme expresar una serie de ideas que como joven cubano pensaba que era hora de plantear en un escenario, en una pantalla. Cuando hacíamos la película sabíamos que por medio de Diego aportaríamos un granito de arena a la madurez de la sociedad cubana. Esa era una gran motivación, hicimos la película con tremendas ganas de ser escuchados.

¿Cuán difícil resultó interpretar el papel de un homosexual en una sociedad tan machista como la cubana?

Imagínate. Elsita y yo teníamos dos hijos. Vivíamos en Lawton. Estaban todos los aseres y socios del barrio... He vivido en lugares donde el machismo es parte del día a día. Y sabía que eso iba a traerme problemas. Pero me era indispensable hacer el personaje, y eso se imponía al qué dirán. Creo que el artista debe rebelarse ante los prejuicios y dogmas que plantea la sociedad.

Indiscutiblemente, La Habana es otro de los grandes personajes de la película, ¿qué aprendiste de ella?

Hasta ese momento era el escenario de mi vida, pero no reparaba en ella. Titón me llevaba a buscar locaciones y hablaba de sus maravillas arquitectónicas. Se paraba, miraba los edificios, sufría porque se pudieran perder. ‘Hay que hacer algo’, decía. Y ese amor, ese compromiso con la ciudad, lo aprendí de Titón y Diego.

¿Cuáles son las tesis trascendentales de la película?

Es un canto a la tolerancia desde el respeto, alejados de la negación y del rencor. La película deja claro que podemos ser cubanos, diferentes, y compartir y luchar por nuestra Isla. Otro es el respeto a la diferencia, pero no solo hacia los homosexuales, sino hacia todo aquel que piense diferente a uno. Tienen el mismo derecho de contar con un espacio en nuestra sociedad y de aportar lo mejor de sí para Cuba. Importante además es el mensaje de ese abrazo de reconciliación que se dan Diego y David. Creo que es de los momentos trascendentales del cine cubano.

Estás haciendo documentales, ¿no aparecen nuevas propuestas como actor o estás experimentando?
Pruebo nuevas maneras de expresarme, de contar historias. Creo que también tiene que ver con los 40 años que ando rondando. Entro en una edad en la que también quiero dar mis puntos de vista. Siempre seré actor, pero en estos momentos los artistas cuentan con otras maneras de interrelacionarse. Tiene que ver con el propio acceso a la tecnología digital, que da más libertad para experimentar. Y empecé a incursionar en el documental.

“Luego de hacer Habana Abierta, con Arturo Soto, trabajé con Ángel Alderete en un proyecto de José María Vitier, quien me pidió imágenes para su disco Iré Habana. Vitier ha puesto música a las imágenes de muchas películas. Esta vez el proceso fue al revés. Fue una experiencia interesante.

“Hicimos además Ni fresa ni chocolate, un making sobre las motivaciones de José María con Iré Habana. Le pusimos así porque lo filmamos en La Guarida, donde se realizó Fresa y Chocolate, a la que él también le puso la música. En el mismo balcón de entonces conversamos sobre La Habana y su gente.

“El ministro de Cultura, Abel Prieto, vio el documental, nos dijo que le había gustado mucho, y nos habló de lo maravilloso del Festival del Caribe. Fue una suerte que nos diera esa idea para otro documental y nos abriera las puertas de Santiago. Resultó una gran experiencia. Pensamos que estará para finales de año.

“También he retomado la pintura. He participado en dos o tres exposiciones personales y en algunas colectivas.”
Han pasado más de diez años de Fresa y Chocolate, han llovido muchos personajes, ¿con cuáles te quedas?

Siempre arrastraré la comparación con Diego. Pero ese es un clásico de la dramaturgia, desde el mismo cuento de Senel Paz que es una obra maestra. Y esos personajes tan bien escritos pocas veces aparecen en la carrera de un actor.

“Me siento satisfecho con haber decidido seguir haciendo cine cubano. Estoy feliz de las oportunidades que me ha dado, de haber repetido con Titón y Juan Carlos en Guantanamera, de haber hecho Amor Vertical, Lista de espera, Roble de Olor, Frutas en el café y más recientemente Barrio Cuba.

“Desde Fresa y Chocolate han pasado diez años, he participado en más de 30 películas, tres y hasta cuatro anuales.  Este año, por ejemplo, fueron Ámame como soy (de Tisuka Yamasaki, Brasil), Hormigas en la boca (de Mariano Barroso, España), Una rosa de Francia (con guión de Senel Paz y el español Manuel Gutiérrez Aragón, que también la dirige) y Barrio Cuba (de Humberto Solás).

“He estado vinculado al cine latinoamericano, sobre todo a los de Brasil, Argentina, Colombia, incluso en países donde casi no hay como Costa Rica. Igual sucede con el europeo, básicamente en España por el idioma, pero he rodado en Italia, en Portugal. Todo ese trabajo lo siguen comparando con el de Fresa y Chocolate. Y para mí son cosas diferentes. ”

¿Con ese éxito no has pensado en vivir fuera de Cuba?

No, eso jamás. Al contrario, he tenido la suerte de tener muchas oportunidades de trabajo, pero también la de hacerme mi familia y mi espacio en la Isla. Haber tomado esa decisión de seguir viviendo aquí tiene implícita la de continuar vinculado al cine cubano. Las dos cosas van juntas.

¿No te han seducido otras cinematografías?

Pienso que el cine más importante es el nacional, de donde sea. Cada país debe tener una cinematografía que lo represente. Porque el cine es un instrumento trascendental en la defensa de la identidad, es el testimonio en imágenes y sonidos de lo que somos. Cuando hablo con los jóvenes de cualquier parte se los digo. Le doy tanta importancia a eso que le dedicaré mi vida al cine cubano.

Insistes mucho en tu convicción de vivir y hacer cine en la Isla, ¿qué es para ti Cuba?

Recuerdo en Miel para Oshún ese abrazo que se da el personaje con su madre luego de tener serios conflictos de identidad, de buscarla por toda la Isla y de encontrarla en lo más profundo. Creo que Cuba es la madre de todos los que nacemos en esta tierra.

domingo, 16 de septiembre de 2001

"Las mujeres me faltan al respeto... pero me encanta"

elmundo.es

Pasó de ser un homosexual (Diego en Fresa y Chocolate) a convertirse en el prototipo del macho latino (Guantanamera) y hasta en un golfo perdonavidas (Asunto Privado). Le gustó la experiencia y ahora repite como bribón engatusamujeres con Manuel Gutiérrez Aragón en Cosas que dejé en La Habana, película que ganó la Espiga de Plata en el último festival de Valladolid, ex-aequo con Dos chicas de hoy, de Mike Leigh. "Parece que la gente necesita verme con mujeres. Voy de golfo en golfo", dice Jorge Perugorría, que estrena en estos días la película de Gutiérrez Aragón.

Pregunta. Entre sus admiradores, ¿quiénes le hacen propuestas más descaradas, los hombres o las mujeres?
Respuesta. La verdad es que los hombres me respetan bastante y las mujeres me faltan al respeto... pero me encanta. Los homosexuales son muy simpáticos. Recuerdo uno que, después de ver Fresa y Chocolate, me dijo: "He llorado tanto que me he tenido que retocar el rímel tres veces".

P. ¿Son críticos con el régimen los intelectuales cubanos?
R. La intelectualidad cubana siempre fue crítica. Por esa razón se han buscado tantos problemas. Hay muchos que no están con nosotros por la incomprensión de algunos.

P. ¿Ha leído a Guillermo Cabrera Infante?
R. Sí, me gusta mucho y estoy francamente contento por el premio (Cervantes) que le otorgaron. Él nunca se fue de Cuba; más bien, se perdió en ella.

P. Es que se dejan muchas cosas en La Habana... ¿No?
R. Claro. Nadie se va de Cuba. Los balseros, los que se marchan al extranjero, creen que se van pero no pueden. Es una enfermedad.

P. ¿Alguien le ha recriminado en la isla su participación en películas críticas como Fresa y Chocolate o Guantanamera?
R. No, nunca. La verdad es que la división política entre los cubanos responde más a una generación concreta y eso se está venciendo. No tiene sentido aceptar que para nosotros, los cubanos, el peor enemigo es otro cubano. Mi generación está construyendo un tercer canal, que no es de un lado ni de otro sino del mismo centro.

P. Curioso, porque en España dos de sus películas sí enfrentaron críticas muy duras: a Bámbola, la tacharon de pornográfica y a Cachito, de blasfema.
R. Yo disfrute mucho con Bámbola y no creo que fuera realmente tan erótica como se dijo. Lo de Cachito es peor. Ocurrió justo en vísperas de las elecciones españolas. Parecía que afloraba una moral de derechas, medio facha, que gracias a Dios no se concretó. ¿Cómo se puede acusar de blasfema a una película que es un cuento de hadas, que parece producida por Walt Disney?

P. ¿Qué relación tiene con Miami?
R. Tengo muchos amigos y también muchos enemigos.

P. ¿Está dispuesto a rodar una película con un cubano del otro lado?
R. Por supuesto. Ningún artista cubano tiene problema para trabajar allí, llevar nuestra música... Creo que ahora los problemas están en Miami. Nosotros hemos evolucionado mucho más. ¡Ya está bien de tanto rencor! ¡Parece increíble que los americanos, que tumbaron el muro de Berlín, no sean capaces de tumbar el bloqueo, que es el muro que separa a los cubanos!

P. ¿Cobra cuando trabaja en películas cubanas?
R. El cine cubano es el que más disfruto porque es en el que más me siento representado. Por supuesto que aquí no me pueden pagar lo mismo que en España, pero no voy a perder un proyecto que me gusta porque no dispongan de dinero para pagarme.

P. ¿Celebra las fiestas navideñas?
R. Sí, de siempre. La Navidad nunca murió. No la retomamos ahora cuando nos dicen que ya se puede. Las tradiciones no se extinguen por imposición. Son las imposiciones las que se quedan en el camino.


Por Javier Espinosa. Fotografía de Montserrat Velando